
La castración de los felinos, tanto de los machos como de las hembras, es un tema que ha suscitado serias controversias. Algunos se resisten a operarlos por temor de que resulte perjudicial en su salud. Otros argumentan que al castrarlos se oponen o impiden el cumplimiento de una función natural.
Lo cierto es que para asegurar una buena condición de salud y conservación del gato, es necesario castrarlo. Esto es: extirpar los testículos en el caso de los machos y los ovarios en el caso de las hembras.
Uno de los fundamentos para tomar esta decisión se debe a que el macho, al llegar a su estado adulto es impulsado por su instinto y suele escapar del hogar en condiciones de excitación, motivado por una multitud de gatas en celo dentro del vecindario. En este contexto puede llegar a ser víctima de agresiones por parte de gatos vagabundos que están acostumbrados a ese ambiente.
En el caso de la hembra, puede llegar a ocasionar molestias y situaciones intolerables al no ser castrada. El celo se produce cada uno o dos meses, y al dejarla salir podría llegar a tener cuatro períodos de gestación al año. Por supuesto que además se expone a peligros de infecciones o contagios de gatos callejeros.
La castración en los machos es una sencilla operación que el profesional veterinario puede efectuar en quince o veinte minutos colocando anestesia local. Se realiza una sola incisión por donde se extraen los testículos. En cambio, la intervención para castrar a la hembra no presenta las mismas facilidades. Se debe colocar anestesia total y abrir la pared abdominal para llegar hasta los ovarios y poder sacarlos.