
Las conductas adictivas, en especial las intravenosas, se han transformado en una de las patologías emergentes de mayor impacto personal y social de las últimas décadas, especialmente para las poblaciones urbanas jóvenes. Mientras otras enfermedades están siendo fuertemente abordadas por la investigación científica, con excelentes resultados tanto en la curación como en la calidad de vida alcanzada, la dependencia de sustancias psicotrópicas no corre la misma suerte.
Una de las causas que parece aclarar esa situación la resistencia social a considerar a las adicciones como verdaderas enfermedades. En efecto, tanto el alcoholismo como la dependencia de psicofármacos, marihuana y drogas intravenosas tienen en la comunidad la imagen de “vicio” o “mal hábito”, y no de una verdadera patología. Esto se refleja en la insuficiente respuesta que esa comunidad da al conflicto desde los estratos científicos y los responsables de la salud.
Sin embargo las adicciones, en especial el uso de drogas intravenosas, representan un verdadero conflicto sanitario que no sólo causa muertes y sufrimiento personal y familiar, sino un alto costo para la sociedad en general y, particularmente, para el sistema de salud. La innegable asociación existente entre el utilizó de drogas inyectables y patologías como la Hepatitis B y el VIH/sida ha puesto este conflicto de manifiesto en los últimos años.
Un estudio realizado en usuarios de drogas inyectables exhibió algunos datos que ponen una señal de alarma, no sólo para los preventores de conductas adictivas, sino para el sistema sanitario y la comunidad en general. Los investigadores siguieron las recomendaciones de la Guía de Evaluación para UDIs (usuarios de drogas inyectables) de la Organización Mundial de la Salud, encuestando a unos 300 UDIs en una comunidad urbana de aproximadamente 1 millón de habitantes. Los resultados más importantes de ese estudio mostraron estos porcentajes:
• 15% tiene menos de 20 años.
• 70% reparte jeringas.
• Prevalencia de seropositividad para HIV cercana al 60%.
Las conclusiones del trabajo advertían sobre la ausencia de un sistema de monitoreo eficaz y abarcativo, ni oficial ni privado, que exhibirá la real magnitud de lo que los investigadores chequearon en una pequeña población de UDIs. Si bien el estudio si circunscribió a una muestra reducida y geográficamente acotada, esta realidad parece reproducirse en las grandes ciudades de América Latina y otras regiones del mundo.
La ausencia de una clara determinación política para encarar el conflicto parece ser el impedimento de base para un conjunto de acciones de prevención y asistencia. En muchos lugares son las Organizaciones no Gubernamentales quienes dan la respuesta más adecuada a personas con problemas de adicción, sin embargo esa respuesta siempre es limitada a los recursos con los que cuentan esas organizaciones.
Ideas para la acción
Una efectiva toma de conciencia de la magnitud del conflicto es el primer paso hacia una acción que incluya tanto la prevención como la asistencia y recuperación de personas con problemas de adicciones. Esa toma de conciencia tiene que alcanzar a todos los actores sociales desde distintos abordajes, entre los cuales no pueden faltar la familia, el sistema educativo y los medios de comunicación social. Sólo en el momento que exista en nuestras sociedades la idea clara de que las adicciones son patologías y, entre ellas, la más peligrosa es el uso de drogas intravenosas, se destinarán recursos suficientes a su prevención y asistencia.
Esas acciones de educación no pueden basarse sólo en datos informativos, sino que es necesario diseñar técnicas de abordaje alternativas, que logren transformar esa información en verdades-fuerza, capaces de crear efectivos cambios de conducta. Esto requiere no sólo de equipos multidisciplinarios, sino del aporte invalorable de personas que tengan la experiencia de la adicción, como únicas capaces de brindar un componente vivencial a la comprensión de la problemática.
Es necesario además crear legislaciones adecuadas a la evolución de la problemática en los últimos años, modificando la ya existente y creando instrumentos legales nuevos. Estos deberán provilegiar el aspecto preventivo antes que el punitorio, obligando a las autoridades sanitarias a brindar servicios eficientes a las personas con problemas de adicción.
Mientras esto no ocurre, el conflicto exige acciones rápidas y efectivas para evitar que los UDIs sumen a su patología adictiva otras sumamente peligrosas, entre las que se destacan la Hepatitis B y el VIH/sida. Algunos países han adoptado la teoría de reducción del riesgo, que consiste en la provisión al usuario de dosis de drogas en jeringas limpias para evitar que sean compartidas entre los adictos jeringas y agujas con el consiguiente riesgo de transmisión de enfermedades.
Estos programas han demostrado ser efectivos en la prevención de Hepatitis B e infección por VIH, enfermedades que, a veces combinadas, son causa frecuente de muerte para las personas que usan drogas intravenosas. Además de la disminución de la mortalidad, la teoría de la reducción del riesgo propone a los sistemas de salud un ahorro considerable, ya que ambas patologías provocan grandes costos al sistema sanitario. Sin embargo este tipo de acciones es aún fuertemente resistida, sobre todo en las sociedades latinas.
Si bien el conflicto de las adicciones no se circunscribe a una franja etaria ni a un determinado estrato o condición social, podemos avisar que existen algunos grupos más castigados, como las poblaciones jóvenes urbanas marginales y las comunidades carcelarias, entre otras. Para cada uno de esos grupos será necesario delinear acciones adecuadas a su situación de vida y códigos de convivencia.
Vía | LatinSalud