Testimonio de María Cristina Navarrete: 19 años, en rehabilitación

Testimonio Chica

María Cristina Navarrete Suárez, 19 años, cursó hasta Tercero Medio. Es del signo Virgo y su color favorito es el rojo. Le gustan los tomates rellenos y escribir. Frustración reconocida: haber perdido de los 15 a los 18 años de edad en tonterías. Su sueño es capacitarse como terapeuta y apoyar a quienes buscan salir de las drogas. Sigue su proceso de rehabilitación en Hogares Crem y ha conseguido mantenerse 18 meses sin consumir sustancias.

TESTIMONIO

En mi familia somos cuatro: papá, mamá, mi hermana menor y yo. Mis familiares por parte de mamá viven en Chillán y tenemos muy poco contacto, mientras que con la familia de mi papá hay cero contacto. Mi papá es obrero y fue el exclusivo que salió del hoyo de la pobreza. De chica fui muy introvertida, y me gustó siempre escribir cuentos, pintar, dibujar. Me gustaba todo lo que tiene que ver con el arte, el cine, etc. A los siete años, mi mamá llevó a una colega y a su hijo a vivir a nuestra casa. El hijo tenía trastornos mentales y abusaba sexualmente de mí. Yo era muy tímida y nunca hablé de los ultrajes. Mi mamá parece que no se daba cuenta…

Mi papá estuvo siempre ausente -trabajaba fuera de Santiago- lo que me afectó bastante, puesto que yo sentía mucho la necesidad de tenerlo; no tengo en este momento una relación física con él, sin embargo la relación emocional es muy fuerte.

Las drogas las probé por curiosidad a los 12 años. Mi primera experiencia fue con la marihuana, en el colegio, que era muy alternativo y al que incluso se podía ir con ropa de calle. Me pillaron, sin embargo me dejaron condicional, sólo puesto que era excelente alumna; ellos no le dieron mucha importancia, y yo tampoco. A los 15 años probé el alcohol. Ahí me fui a pique. Consumía cualquier cosa que viniera y que me hiciera salir de la realidad: tonariles, neoprén, jarabes, cualquier cosa que me dejara en un estado que no me importara nada. A los 16 años tuve una gran depresión y cambios severos de personalidad.

Por mi timidez, me refugié en las drogas. Yo era muy testaruda y mi mamá no sabía cómo controlarme. Luego me metí a punk. Estuve dos años viviendo en la calle, y a veces llegaba a mi casa solamente a comer y ducharme. Mi mamá estaba histérica yendo al siquiatra, mientras mi hermana menor aperraba sola. Yo estaba en mi mundo de Bilz y Pap.

Ser punk tiene mucho que ver con ir contra la sociedad. Me junté con gente que asaltaba, que tenían lugares específicos donde se juntaban. En ese mundo comencé a conocer más drogas. Me identifiqué mucho con los punk, puesto que estaba como rebelada, tenía mucha rabia por muchas cosas. Siempre había sido la niña perfecta y me aburrí de eso, de esa pantalla. Con las drogas me liberé y fue como un castigo para mi familia. Les dije: “Déjenme tranquila, soy lo que soy”. Tenía ganas de morirme, de desaparecer.

A los 16 años conocí a un amigo, que después fue mi pololo, y llegué a estar más reventada que él. La onda punk es súper absorbente. Se maneja toda una imagen: bototos de milico, pelos de colores, chaquetas de cuero, escuchando música agresiva. En las tocatas, lo exclusivo que hacíamos era pegarnos: “pegar, pegar, que el mundo se va a acabar”.

Pero ya me sentía súper mal. Sentía que la gente con la que estaba no me apoyaba en nada, A pesar de que siempre dentro de todas mis voladas tuve algún momento de lucidez en que me decía que ese trajín no era lo mío. Me metí en un mundo del cual no podía salir. Para un Año Nuevo me desaparecí cuatro días. Anduve por todos lados, y mi mamá, desesperada, salió a buscarme con los pacos. Una noche, en que incluso me habían pegado en la calle, llegué de madrugada a mi casa, entré por la ventana de mi pieza y me acosté en mi cama, como si nada. Entró mi mamá a la pieza, me vio y dijo: ¡Basta, esto no puede seguir! De inmediato ella realizó contactos con comunidades terapéuticas y clínicas, que no podíamos pagar.

Un día, a las nueve de la mañana, mi mamá me despertó y me dijo que íbamos a ir a un lugar donde me ayudarían a salir de la droga. Fui para no realizar más lío, puesto que igual no estaba ni ahí con ir. Me llevó a Hogares CREM, donde me dijeron que, si seguía así, terminaría en la cárcel, en un hospital o muerta. Lo pensé y dije: ¡Tienen razón, yo quiero continuar viviendo! En el fondo de mi corazón pretendía salvarme, y me quedé.

Al día siguiente no hubiera vuelto: era ¡ahora o nunca!. Tenía una angustia terrible, pensé que no iba poder. En este momento llevo 18 meses limpia y deseo ser terapeuta.

ENTREVISTA

-¿Qué es la adicción para ti?
-Esencialmente es un escape para poder aliviar problemas. Es lo más fácil y se supone que lo pasai la raja. No se toma en cuenta que después viene el bajón, la depresión. La droga es el escape más fácil.

-¿Qué perdiste con las drogas?
-Perdí a mi familia. Yo afortunadamente no perdí tantas cosas exteriores. Lo que más perdí fue mi dignidad, las ganas de vivir, el valor de la vida. Eso fue lo que más me atormentaba.

-¿Qué ganaste con la rehabilitación?
-Gané todo lo que había perdido, gané a mi familia. En este momento me siento orgullosa de lo que soy. Me siento con la frente en alto y nadie me puede venir a decir ¡eres una drogadicta tal por cual!

-¿Qué hay que realizar para dejar la droga?
-Un tratamiento. De este hoyo cuesta mucho salir sola.

-¿Se puede ser feliz sin drogas?
-Sí, de hecho una es mucho más feliz sin drogas. Igual pasas por problemas, sin embargo somos capaces de resolverlos. En este momento me siento feliz, puesto que conozco gente que nunca pensé que conocería, y los adoro, los quiero. Son mi segunda familia.

-¿Cuál sería tu mensaje para los adictos activos?
-¡Qué difícil! pienso que el primer paso es darse cuenta de que estás enfermo, que estás mal. Lo penca es que el drogadicto dice: “No, yo lo dejo en el momento que quiero”, “No, sólo son unos años de carrete y luego lo voy a dejar”. Sin embargo uno sabe que eso no funciona. Hay que ser perseverante y sacarse la cresta para cumplir las normas. La intención es lo más importante, y el drogadicto carece de voluntad. El adicto se refugia, se esconde, se escapa, y por eso yo le preguntaría al adicto: ¿hasta en el momento que vas a escapar?, ¿quieres morirte a los 25 o a los 30 años, siendo infeliz? Piénsalo. Con droga somos la definitiva mierda del mundo.

Autor| Clara María Romero

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