Raimundo García Mujica, 44 años, tres hijas. Publicista. Es un Libra. Su hobbie preferido es ver televisión. Le gusta la carne y el color azul. Tiene dos años y medio limpio.
TESTIMONIO
-Soy el menor de cuatro hermanos. Con mi hermana tengo ocho años de diferencia y tuve una infancia grata hasta los diez años. Después comenzaron los quiebres familiares, las crisis económicas. Mi hermano mayor realizó esquizofrenia, y eso produjo un descalabro familiar.
Cuando mi padre anciano dejó de ser proveedor, mi mamá, con 22 años de diferencia con él, tomó las riendas monetarias del hogar. Ella, a los 40 años, floreció como ama de casa, periodista, pintora. Intervino en el primer programa literario de la televisión chilena. Hubo un giro interno en todo el quehacer hogareño.
Mi primer contacto con la droga fue con el alcohol. A los siete años, en un evento social que hubo en la casa, me tomé los conchos de los vasos de los invitados y me emborraché como piojo. Siempre contaban la anécdota como algo divertido. A los diez años bebía con un vecino amigo, y en una oportunidad entre los dos nos tomamos una botella de whisky. Me saqué la cresta, me rompí el hocico y se produjo un gran escándalo con mis papás. “¡Este niñito no tiene arreglo!”, dijo mi padre.
A los 15 años me di cuenta del efecto que me producía el alcohol: se me ponían las patas como lana, sentía un gran relajo y una gran soltura de personalidad. En público me sentía muy participativo. Comencé a excederme en los consumos. Con un amigo mayor tomaba cerveza después de almuerzo en una fuente de soda, era una picada que teníamos.
En el colegio, en el Liceo 11, tuve mi primera patota de amigos y experimenté una realidad nueva. Antes había estudiado en un colegio privado, que era una cúpula de cristal. En el liceo, en cambio, descubrí el mundo, la realidad de la calle, tenía amigos de todos los estratos sociales. Tuve una vida tremendamente liberal, pasábamos en paro, sin clases. Eran los años 70 con Salvador Allende como Presidente.
Con un amigo que bailaba en “Música Libre” probé mi primer cigarrillo de marihuana, me volé y me dio mucha rabia. Boté el paquetito al canal San Carlos. “¡Huevón, esta huevada no puede ser, nos vamos a destruir la cabeza!”, le dije a mi amigo. Pasó un buen tiempo antes de volver a fumar pitos. Con la patota nos juntábamos los sábados después de almuerzo. Ahí nos conseguíamos los ritalines, el pisco y la marihuana. Cada uno llegaba con los datos de las fiestas. Al principio, establecimos la regla de oro: siempre uno del grupo se tenía que conservar sano para manejar el auto y llevar al resto. Eso funcionó un poco al comienzo, puesto que después estábamos todos arriba de la pelota. Empezó a ser un consumo frecuente, entre semana y fines de semana, en el colegio, en el patio, en el parque, en todos lados. Fumábamos “zepelines”. Andaba muy entretenido, a doble filo, me desconectaba del mundo y me cagaba de la risa.
En 1973, a los 17 años, yo no tenía plata. A través de mi hermana me contacté con un periodista, un corresponsal extranjero, y comencé a trabajar como camarógrafo. Las filmaciones eran súper estresantes. Me contacté con otra realidad fuerte: las manifestaciones, los tiroteos, las tomas de terreno, Patria y Libertad y sus amenazas. Me asusté mucho. Ganaba buen billete, en dólares, y me sentí grande con tanta plata. Ayudaba a la familia de un amigo y daba plata en mi casa. Ahí empezó un consumo fuerte de alcohol. Después de trabajar, nos íbamos a chupar al “Chancho con Chaleco”.
Vino el golpe de Estado. Tenía 18 años y decidí irme a vivir a Argentina, arrancarme por seguridad, A pesar de que no pertenecía a ningún partido político. En el avión lo primero que hice fue tomarme un copete. Sentía una sensación de desolación. ¿Por qué tenía que irme del país? Yo no tenía nada que ver con lo que pasaba, sólo era un testigo que registraba hechos con mi cámara. Llegué a Argentina. Compartíamos una casa con una prostituta, sin embargo nunca me acosté con ella; éramos sólo amigos y algunas veces salimos a beber. Pude volver a Chile gracias a una movida familiar. Fui al Diego Portales a solicitar mi credencial de corresponsal extranjero, sin embargo me dijeron que estaba en una lista negra y que nunca me darían autorización para trabajar. Eso duró hasta el definitivo día de la dictadura. Trabajé clandestinamente con unos alemanes, a quienes vendí imágenes de los presos en el Estadio Nacional, imágenes exclusivas: fui de los primeros camarógrafos en filmar hechos como esos.
A los 23 años me casé. Tuve tres hijas preciosas. Mi mujer comenzó a llamarme la atención de que tomaba mucho, que tenía tufo, y no deseaba tener relaciones sexuales. Una fase muy dolorosa y sufrida fue, por otra parte, la muerte de mi hermano mayor que padecía de esquizofrenia. Un viernes llegó a mi casa, reclamando por su situación de enfermo y diciendo que lo marginaba la sociedad. Había dejado de tomar sus remedios. Le dije en broma que, si no era capaz de integrarse en la sociedad, que mejor se matara. Nos tomamos una botella de pisco juntos. El domingo siguiente se suicidó, tirándose desde un cuarto piso. Eso me generó un complejo de culpabilidad, me sentí responsable de su suicidio, a pesar de que yo no era culpable de su locura.
Al mes, mi hermana se realizó una operación muy simple; le dio un paro respiratorio, quedó en estado de coma y a los tres días murió. Con todo esto, mi madre se descompuso, y cayó con un cáncer fulminante; se entregó a la muerte y falleció. A los cuatro meses, mi padre, ya viejito, falleció de pena. En un año perdí cuatro familiares. Esto me dejó una huella muy grande. Yo no lloré nunca a mis muertos. La situación emocional me condujo a un mayor consumo de cocaína y alcohol.
¡A la mierda con todo, voy a dedicarme a morir!, me propuse.
Vino el caos. Una de mis tocadas de fondo fue obligar a mi mujer a tener relaciones sexuales, lo que de hecho fue una violación. Seguí consumiendo y consumiendo. La drogadicción ya era un hábito; empecé a engordar. Pasaron varios años, gané más plata, tuve poder y mucha inmadurez. Todos los días tomaba: en la casa, en la oficina, en los bares.
Comenzó la crisis matrimonial, no existía comunicación. La relación con mi mujer se puso negra. Ella me dijo “¡No quiero más guerra, separémonos!”. Me echaron de la casa. Lloré como loco. Tomé la decisión de fuga geográfica. En Chile me estaba muriendo. Terminé viviendo durante cuatro años en Colombia. A los dos años de vivir allá me di cuenta de que empezaba a chupar a las 10 de la mañana, acostado en la cama. Estaba en un estado de locura, pensaba en cómo suicidarme y dejar un seguro de vida para mis hijas. Tenía un estado sicótico profundo. Existía cero contacto con la realidad. Vivía encerrado en el departamento con mucha paranoia. Me emparejé con una mina. Juntos consumíamos éxtasis y ácidos. Cada vez tenía un dolor más grande. Dolor, dolor, dolor. Me di cuenta de que estaba loco y le dije a mi pareja que pensaba meterme a los grupos de Narcóticos Anónimos. Ella se subió al carro, y me dijo que también necesitaba ayuda. Así llegamos, un lunes a las seis de la mañana, a un grupo de N.A. que se llamaba “Pájaros Madrugadores”. Luego volvimos a Chile y actualmente continuamos asistiendo a reuniones de Narcóticos Anónimos.
ENTREVISTA
-¿Cómo enfrenta cotidianamente su enfermedad?
-Mirándome al espejo, recordándome que soy adicto.
-¿Qué hace para no comenzar a consumir drogas en casos de ansiedad extrema?
-Al declararme y aceptarme adicto, ya tengo la rendición final. Se produjo una sensación de libertad tan grande, que hasta el día de hoy no siento compulsión por consumir drogas ni alcohol.
-¿Teme que sus hijas caigan en lo mismo? ¿Qué hace para evitarlo?
-Las llevé a conocer el programa de Narcóticos Anónimos. Pensé que eso era una vacuna suficiente de conciencia y que mis hijas iban a quedar liberadas de este cuento. Sin embargo, luego de mi ausencia de tantos años, me di cuenta de que ya habían probado la marihuana, el cigarrillo y el alcohol. Una de mis hijas tiene actualmente problemas con drogas y está internada. Me costó admitir que tengo una hija adicta, igual que yo. Estoy pegado al lado de ella, ayudándola a salir adelante, y sé que la voy a sacar de este rollo.
-No se recomienda la relación entre adictos. ¿Cómo es su relación de pareja, siendo ambos adictos en rehabilitación?
-Compleja. La relación entre personas no adictas es normal, sin embargo entre adictos todo es anormal, se magnifican los problemas. Es muy difícil romper los códigos de la manipulación que utilizaba en la época de adicción activa.
-¿Cuál fue el sentimiento durante su peor tocada de fondo?
-Mucha pena. Un dolor enorme y un sentimiento de injusticia muy grande. No pretendía continuar sufriendo, sin embargo ya no podía salir adelante. Andaba duro como ladrillo.
-¿Cuáles son sus mayores defectos?
-Mi genio.
-¿Y sus virtudes?
-Mi sabiduría de la vida luego de todo lo que me ha pasado. Tengo un conocimiento del género humano bastante bueno, amplio y asertivo.
-¿Qué le diría al adicto que sufre?
-Que siga sufriendo hasta que llegue el momento en que tome la decisión de salir adelante. El adicto sufre puesto que tiene la alternativa de la muerte, y yo le diría que elija la alternativa de la vida y se llene de esperanza.
-¿Cómo solucionaría el conflicto de la drogadicción?
-Principalmente con prevención. Como Estado no gastaría ni un puto peso en rehabilitación. Invertiría todo el presupuesto en educación. Las próximas generaciones deberían venir con el lavado de cabeza de que la droga es mala y mata.
-¿Es realmente feliz?
-Tengo momentos de felicidad, gracias a la lucidez que he logrado.
-¿Cuándo fue la última vez que lloró y por qué?
-Hace un mes. Salí con mis tres hijas y mi ex mujer a la playa. En el camino, en el momento que iba manejando el auto, me llené de pena, rabia y alegría.
-¿Tiene un lema espiritual?
-La respuesta la tiene uno.
Autor| Clara María Romero