La huella de carbono se reduce con energía solar: así contribuyen las placas fotovoltaicas a frenar el cambio climático.

La energía solar lleva años abriéndose camino como una alternativa real para vivir de una forma más sostenible, y es curioso ver cómo algo tan cotidiano como el sol puede acabar teniendo tanta influencia sobre el modo en el que consumimos electricidad en nuestro día a día. Puede que lo tengas tan asumido que ni le des importancia, pero cada vez que enciendes una luz o pones una lavadora estás tirando de un sistema energético que arrastra un historial de emisiones enorme, y entender cómo funcionan esas emisiones ayuda bastante a ver por qué la energía solar ha ganado tanta repercusión en España. La huella de carbono suena a concepto técnico, pero basta con pensar en ella como una especie de “rastro” de gases que se libera al producir la energía que consumes, y es justo ahí donde las placas fotovoltaicas empiezan a eliminar parte de esas emisiones sin complicarte la vida, ya que convierten la luz en electricidad sin generar gases y, a medida que pasa el tiempo, terminan dando más de lo que costaron en términos ambientales.

Cuando se habla de reducir la huella de carbono parece que todo depende de grandes medidas institucionales, aunque en realidad una parte importante del cambio proviene de pequeñas decisiones acumuladas. Por eso se habla tanto de autoconsumo, porque te permite generar tu propia electricidad y evitar que esa energía se produzca mediante combustibles fósiles. Y es que, al mismo tiempo que puedes ahorrar algo de dinero, estás limitando la cantidad de CO₂ asociado a todo lo que haces en casa, desde cocinar hasta cargar el móvil. Lo interesante no es solo la tecnología en sí, sino el efecto acumulado: cuando cada tejado empieza a producir su electricidad, el sistema completo empieza a depender menos del gas y otras fuentes que emiten gases de efecto invernadero. Esa suma, aunque no se note de un día para otro, consigue una reducción considerable.

Entender realmente qué significa la huella de carbono.

La huella de carbono suele mencionarse en conversaciones sobre sostenibilidad, pero pocas veces se explica bien. No se refiere únicamente a lo que tú haces, sino a todo lo que se genera para que puedas usar algo. Por ejemplo, si enciendes la luz, detrás de ese gesto hay un proceso completo que implica centrales eléctricas, transporte de energía y combustión en algunos casos. Y al mismo tiempo que los gobiernos trabajan para modificar este sistema, tú puedes modificar tu parte del consumo, que ya es bastante si lo piensas fríamente.

Esta huella cambia según la fuente de energía usada, ya que no es lo mismo producir un kWh con carbón que producirlo con sol. Cada fuente tiene su propia “mochila” de emisiones, y la fotovoltaica es de las que menos carga tiene, sobre todo porque en la fase de funcionamiento no libera gases. La mayor parte de su huella aparece al fabricarla, aunque eso es algo que se amortiza muy rápido, porque generan tanta energía durante su vida útil que al final dejan un saldo ambiental muy positivo. Si lo ves como un balance, sería como pagar un pequeño precio al principio para luego tener tres décadas de electricidad limpia que reduce tus emisiones día tras día.

Además, la huella no depende únicamente del país, sino también de la situación de cada hogar y de cómo está configurada la instalación energética de cada zona. En España, por ejemplo, la estructura energética ha ido cambiando hacia fuentes renovables, lo que significa que instalar placas solares tiene aún más sentido, ya que aprovechas un recurso abundante y reduces tu dependencia de tecnologías que funcionan quemando combustibles, lo que libera CO₂. Esto es especialmente interesante porque vivimos en un país con una radiación solar elevada, lo que permite obtener mucha electricidad incluso en zonas donde no hace especialmente calor, ya que lo que importa realmente es la exposición al sol, no la temperatura.

El funcionamiento sencillo de las placas y su efecto en las emisiones.

Las placas fotovoltaicas funcionan de una manera que resulta casi mágica si lo piensas: la luz golpea unas células especiales, y esas células generan electricidad sin hacer ruido, sin quemar nada y sin emitir gases. Aunque detrás haya ciencia y tecnología, desde el punto de vista del usuario es tan simple que ni te das cuenta de que están funcionando. Esa simplicidad también influye mucho en la reducción de la huella de carbono, ya que una vez instaladas no hay procesos contaminantes asociados.

Uno de los factores más importantes se encuentra en la sustitución de electricidad procedente de combustibles fósiles. Cada kWh generado por una placa solar implica un kWh que no hará falta producir en una central con gas. Por eso la reducción de emisiones depende tanto del nivel de autoconsumo. Si generas gran parte de tu electricidad y la consumes directamente durante las horas de sol, estás reduciendo al mínimo la necesidad de recurrir a fuentes emisoras. Y aunque no consumas toda la electricidad en el momento de producirla, puedes volcar el excedente a la red para compensar consumos posteriores, lo que mantiene el equilibrio.

En una parte intermedia del proceso, donde muchas personas buscan asesoramiento para ajustar su instalación, los profesionales de Enerzia sostienen que una buena planificación del sistema permite aprovechar mejor los periodos de generación solar y reducir todavía más el uso de energía que proviene de fuentes que emiten gases, lo que al final se traduce en una mejora ambiental considerable sin que la persona usuaria tenga que hacer nada complejo.

Además, un factor poco comentado pero bastante interesante es que la energía solar ayuda a reducir las pérdidas en el transporte eléctrico. Cuando la electricidad recorre largas distancias desde una central hasta tu casa, se pierde parte por el camino. Si eres tú quien genera una parte en tu tejado, se evita ese desperdicio y también se reducen las emisiones asociadas al propio transporte. Esto no parece muy relevante de primeras, pero al sumarse miles de instalaciones se obtiene un beneficio total que mejora el sistema completo.

Ejemplos cotidianos que permiten verlo con claridad.

Para aterrizar estas ideas, conviene bajar al terreno práctico y observar casos simples que cualquiera puede imaginar, sin entrar en situaciones exageradas ni ejemplos imposibles.

Imagina un piso estándar donde una familia vive su día a día con electrodomésticos normales y rutinas comunes. Si instalan placas solares que cubren un porcentaje elevado de su consumo diurno, la electricidad que usan para cocinar, poner lavadoras o cargar ordenadores proviene del sol. Esa electricidad ya no tendrá la huella de una central de gas, lo que supone una reducción directa. Aunque no vean físicamente esa reducción, la están generando cada día.

Otro ejemplo muy habitual son los centros públicos como colegios con grandes superficies de techo. Cuando instalan placas solares, lo que ocurre es que buena parte de la energía que utilizan para climatización, equipos informáticos o iluminación procede de la radiación solar que reciben de forma constante. Si comparas el consumo anual de un colegio con placas solares y otro que no las tenga, las diferencias en emisiones de CO₂ son enormes, y eso sucede sin que nadie tenga que llevar a cabo ningún esfuerzo extra.

Y si pensamos en pequeñas pymes que cuentan con una nave o un local con buena orientación, el autoconsumo reduce sus emisiones mientras mantienen su actividad con total normalidad. Pueden estar elaborando pan, reparando vehículos o almacenando mercancías mientras la electricidad necesaria se genera en la cubierta del edificio. Lo relevante aquí es que la empresa obtiene electricidad limpia y su huella ambiental desciende sin alterar su funcionamiento ni su manera de trabajar.

Por qué la fabricación también cuenta, pero no lo cambia todo.

A veces surge la duda de si las placas solares realmente compensan su huella inicial, ya que la fabricación lleva asociada cierta cantidad de emisiones. Es lógico pensarlo, aunque los estudios de ciclo de vida han demostrado que esa huella se amortiza en muy poco tiempo y que, después de eso, todo lo que producen es electricidad limpia. Esto es importante, ya que evita caer en la idea equivocada de que una placa nunca compensa su impacto, algo que no coincide con la realidad. Con los avances tecnológicos, además, la eficiencia va aumentando y la huella asociada a su fabricación disminuye cada cierto tiempo.

El ciclo completo influye, por supuesto, aunque dentro de ese ciclo el tramo más determinante sigue siendo la cantidad de electricidad que genera la instalación a lo largo de su vida útil. Si un panel está activo durante tres décadas, lo normal es que produzca muchísima más energía de la que costó fabricarlo, y esa energía evita emisiones cada vez que sustituye a un kWh generado por combustibles fósiles.

Una visión más amplia del beneficio social.

La energía solar no solo aporta ventajas individuales, ya que cuando se extiende de forma generalizada, el sistema entero cambia. Cuantas más placas haya en un barrio, menos electricidad tendrá que importarse de centrales convencionales. Esto reduce emisiones, aumenta la estabilidad de la red en ciertos momentos y contribuye a que pueblos y ciudades tengan un consumo más equilibrado. En zonas con picos de demanda, disponer de autoconsumo repartido hace que el sistema sufra menos tensiones y se requiera menos producción de respaldo.

Con el tiempo, la instalación de placas solares se convierte en algo más cultural que tecnológico, porque empieza a cambiar la manera en la que la gente se relaciona con la energía. Puede que al principio lo veas como una decisión práctica para ahorrar, aunque con los años se convierte en una pieza más del estilo de vida que buscas: uno donde se usa energía limpia, se controla mejor lo que consumes y se entiende la importancia de reducir emisiones incluso en los gestos más rutinarios.

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