¿Qué relación tiene el síndrome del impostor con la depresión?

Hay experiencias emocionales que se viven en completo silencio. Desde fuera todo parece ir bien, incluso muy bien, y aun así por dentro aparece una sensación constante de inseguridad, de duda, y de estar ocupando un lugar que no corresponde con uno mismo. Esa vivencia tan común (y tan poco mencionada) recibe el nombre de síndrome del impostor, y cuando se mantiene en el tiempo suele entrelazarse con estados emocionales profundos como la depresión.

Hablar de este tema resulta necesario para todos, puesto que afecta a muchas personas sensibles, creativas y comprometidas con lo que hacen; personas que se esfuerzan, que cuidan los detalles y que ponen el alma en su trabajo o en sus relaciones, mientras sienten que nunca llegan a estar a la altura de lo que se espera de ellas.

¿Qué es el síndrome del impostor?

Antes hemos mencionado cómo se siente una persona que sufre el síndrome del impostor, pero, ¿Cómo podríamos describirlo?

El síndrome del impostor es un conjunto de pensamientos y emociones negativas relacionadas con la percepción del valor propio de cada persona. Aquel que sufre dicho síndrome, siente que sus logros no reflejan realmente su capacidad, atribuyéndolos a la suerte, a circunstancias externas o a errores de evaluación por parte de los demás.

Este patrón interno suele aparecer en personas autoexigentes, con un alto sentido de la responsabilidad y una tendencia a compararse. También se da con frecuencia en contextos creativos, académicos o profesionales donde el reconocimiento externo tiene mucho peso. Con el tiempo, esta percepción acaba influyendo en la forma de pensar, sentir y actuar, generando una tensión interna constante.

¿Cómo se manifiesta en el día a día?

El síndrome del impostor se cuela en los pensamientos cotidianos de formas muy diversas. Aparece en la dificultad para aceptar halagos, en la sensación de incomodidad ante el reconocimiento, en el miedo a equivocarse y en la necesidad de demostrar valor de manera continua.

También se refleja en una autoevaluación muy dura, donde cada pequeño fallo adquiere una dimensión enorme y cada logro se minimiza. La mente se acostumbra a enfocarse en lo que falta, dejando en segundo plano todo lo que ya está construido.

A nivel emocional, genera inquietud, inseguridad y un cansancio que va más allá del físico. La persona se mantiene en un estado de alerta constante, revisando, corrigiendo y anticipando posibles errores.

¿Qué deriva suele tener con el paso del tiempo?

Cuando este estado interno se prolonga, el desgaste emocional resulta profundo. Vivir durante años con la sensación de no merecer lo conseguido va erosionando la autoestima y la relación con uno mismo.

En este contexto, la depresión encuentra un terreno propicio. La ilusión se va apagando poco a poco, el entusiasmo pierde fuerza y la motivación disminuye. La persona empieza a sentirse desconectada de lo que hace y de lo que siente, incluso en momentos que antes resultaban gratificantes.

Esta relación entre síndrome del impostor y la depresión se basa en un círculo emocional que se retroalimenta: la autoexigencia constante conduce al agotamiento, y el agotamiento refuerza la percepción de incapacidad.

¿Cómo se relaciona el síndrome del impostor con la depresión?

Ambas experiencias comparten una base común relacionada con la autoimagen. En la depresión, la persona se percibe como poco valiosa o insuficiente. En el síndrome del impostor, esa percepción adopta una forma más sutil, ligada al miedo a ser descubierta o a no cumplir expectativas.

La dificultad para disfrutar de los logros resulta un punto determinante en esta relación, pues cuando nada parece suficiente, la satisfacción personal se vuelve esquiva y el vacío emocional gana espacio.

Además, muchas personas que viven con síndrome del impostor sienten que no tienen derecho a expresar su malestar. Esa contención emocional favorece el aislamiento interno y dificulta la búsqueda de apoyo.

¿Qué se debe tratar primero?

Cuando conviven depresión y síndrome del impostor, el trabajo terapéutico suele avanzar de forma paralela. Al inicio, se atiende el estado emocional general para recuperar energía, estabilidad y capacidad de conexión interna. A medida que el ánimo se regula, resulta más sencillo observar los patrones de autoexigencia y duda asociados al síndrome del impostor.

Este abordaje conjunto se centra en fortalecer la autoestima, suavizar la relación con el rendimiento y construir una mirada interna más amable. Con el tiempo, ambos procesos se apoyan mutuamente, creando una base emocional más sólida y favoreciendo una sensación de mayor bienestar y coherencia personal.

Relación con el alcoholismo y otras conductas evasivas.

Cuando la presión interna se vuelve abrumadora, el cuerpo y la mente buscan alivio de forma instintiva. Desde Remember The Now, observamos que el consumo de alcohol suele aparecer como un intento de silenciar la autocrítica y anestesiar la ansiedad.

Sin embargo, el alcohol no es un regulador emocional, sino un mecanismo de evasión que agrava el malestar a largo plazo. Lo que comienza como una búsqueda de desconexión ante la autoexigencia puede derivar en un ciclo de dependencia que te aleja de tu presente y de tu bienestar.

Esta tendencia a la evasión también puede manifestarse mediante el trabajo compulsivo o el aislamiento. Ninguna de estas conductas aborda la raíz del problema. Si sientes que utilizas el alcohol o cualquier otra conducta para evadirte, es fundamental pedir ayuda profesional. Solo a través de un acompañamiento especializado podrás desarrollar herramientas reales para recuperar las riendas de tu vida y volver a estar plenamente presente.

¿Cómo afecta a la vida personal y profesional?

El impacto del síndrome del impostor se extiende a todas las áreas de la vida. En el ámbito profesional, influye en la toma de decisiones, en la forma de valorar el propio trabajo y en la capacidad de aceptar oportunidades.

En el ámbito social tampoco se queda atrás: muchas personas evitan exponerse, rechazan propuestas interesantes o se mantienen en segundo plano por miedo a fallar. En el plano personal, esta vivencia afecta a las relaciones, generando inseguridad, necesidad de validación externa y dificultad para sentirse querida de forma auténtica.

La identidad acaba girando en torno al rendimiento, dejando poco espacio para el disfrute espontáneo y la conexión emocional.

Señales que indican que conviene prestar atención.

Existen señales internas que merecen ser escuchadas con cuidado:

  • El cansancio persistente.
  • La dificultad para disfrutar.
  • La sensación de vivir en automático.
  • La pérdida de ilusión.

Todos son indicios importantes; también aparecen cambios en el sueño, en la concentración y en el estado de ánimo. El cuerpo suele manifestar este malestar a través de tensiones, molestias físicas o una sensación general de agotamiento.

Reconocer estas señales forma parte del autocuidado emocional.

¿Cómo se aborda el síndrome del impostor?

Abordar el síndrome del impostor significa mirar hacia dentro con honestidad y mucha amabilidad.

El primer paso suele ser tomar conciencia de cómo funciona este patrón interno, entendiendo que esos pensamientos de duda y desvalorización forman parte de una dinámica aprendida. Ponerle nombre a lo que ocurre ya genera alivio, porque ayuda a dejar de interpretarlo como un fallo personal.

Por otra parte, conviene contemplar la terapia psicológica. En un espacio seguro, la persona puede explorar su historia personal, las exigencias que ha interiorizado y la forma en la que se relaciona con el error, el éxito y la validación externa. A través del acompañamiento terapéutico se trabajan los pensamientos automáticos que alimentan la sensación de fraude, aprendiendo a cuestionarlos y a construir una mirada interna más realista y compasiva.

Otro aspecto destacable consiste en revisar la autoexigencia. Muchas personas con síndrome del impostor viven bajo estándares muy elevados que rara vez aplican a los demás. Aprender a flexibilizar estas expectativas ayuda a reducir la presión diaria y a recuperar una relación más sana con el propio rendimiento. En este punto, resulta especialmente valioso diferenciar el valor personal de los resultados obtenidos.

El trabajo emocional también incluye reconectar con las propias necesidades. Escuchar el cansancio, respetar los ritmos y buscar espacios de descanso ayuda a reparar el desgaste acumulado. Aunque parezca poca cosa, estos pequeños gestos de autocuidado refuerzan la sensación de seguridad interna.

Además, compartir la experiencia con personas de confianza aporta una perspectiva diferente. Expresar lo que se siente rompe el aislamiento y normaliza vivencias que muchas personas atraviesan en silencio. Poco a poco, el síndrome del impostor pierde fuerza cuando deja de ocupar todo el espacio interno y se integra como una parte que puede ser atendida con comprensión y cuidado.

Hábitos que acompañan el proceso de recuperación.

El cuidado emocional se apoya en hábitos cotidianos que aportan estabilidad y que están al alcance de todos: mantener rutinas amables, priorizar el descanso, cuidar la alimentación y reducir conductas evasivas contribuye al equilibrio interno.

La escritura emocional (escribir un diario), el contacto con la naturaleza y las actividades creativas también son hábitos que ayudan a reconectar con la identidad propia. Por supuesto, celebrar los pequeños logros diarios también cuenta, ya que refuerza la percepción de valía y presencia.

Aprender a escucharse y a respetar los propios ritmos transforma de forma positiva poco a poco la relación con uno mismo.

Un mensaje para quien se reconoce en estas palabras.

El síndrome del impostor describe una experiencia emocional, no una verdad sobre quién eres. Tu valor existe más allá de los resultados, del reconocimiento externo y de las expectativas ajenas.

Cuidarte, pedir apoyo y permitirte sentir forman parte de un camino de regreso hacia ti. Con tiempo, acompañamiento y una mirada más compasiva, la voz crítica pierde fuerza y aparece algo muy necesario: la sensación de estar en casa dentro de uno mismo.

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