Te voy a decir una cosa: si tienes ocasión de viajar a Canarias, Haz la maleta, mete un sombrero cómodo, calzado fresco y muchas ganas de comer, porque ahí no solo se va a ver paisajes bonitos, se va a comer. Y a comer bien, como hacía mi abuela, pero con un toque moderno que a mi edad todavía me sigue sorprendiendo.
Tengo 67 años, y desde que me jubilé hace unos años, decidí viajar y hacer turismo gastronómico. Yo voy tranquila, me siento en una terraza bonita, pido un buen plato, miro a la gente pasar… y como tranquila y sin prisas.
Hace unas semanas estuve en Las Palmas de Gran Canaria. ¡Qué ciudad más encantadora! Es bonita, auténtica y moderna.
Y en cuestión de comida, te aseguro que hay mucho, pero mucho que probar. Lo bueno es que allí existen restaurantes buenos, de los de toda la vida, donde puedes sentarte y saborear lo mejor de la isla aunque no tengas ni idea. Atlántico, un restaurante que se encuentra en la localidad de Maspalomas, en la isla de Gran Canaria, me dijeron que, además, lo mejor es que muchos restaurantes ofrecen sitios íntimos y tranquilos donde relajarte, así que disfrutas de la comida, de una buena música, y de una estupendísima noche.
El mojo
Lo primero que hice, nada más llegar, fue ir a probar el mojo. Ya lo conocía, claro, pero no es lo mismo comértelo en casa, que te lo haga tu cuñado, que probarlo allí, donde nació. El mojo picón rojo me gusta, pero el verde, con mucho cilantro, me parece una delicia.
Te lo ponen con papas arrugadas, que son esas papitas chiquititas cocidas con sal gorda, y la piel se arruga un poquito. Tan simples, y tan buenas que no necesitas nada más. Bueno, sí, una cervecita fresquita.
Yo me pasé un ratito mirando al mar mientras las papas se enfriaban. Me gustó escuchar el murmullo de las olas y el canto de las gaviotas. Allí, con un poco de mojo y una copa de vino blanco, me sentí feliz por dentro.
Una isla con sabor a mar
Por supuesto, el pescado es importante. Y lo bueno es que no te dan lo típico. Me llevaron a un restaurante precioso donde probé un carpaccio de carabinero que todavía sueño con él.
Venía marinado con leche de tigre, con unas perlas de limón que explotaban en la boca y unos brotes de cilantro que le daban frescor. Eso no era un plato, era una obra de arte en un plato blanco. Y yo allí, tan contenta, saboreándolo despacito como si fuera la última cena.
Al día siguiente repetí, pero esta vez me lancé a probar unas vieiras con crema suave de papaya y un toque de jengibre. No me preguntes por qué, pero de inmediato me trasladé a algún jardín exótico, con palmeras y flores. Esa dulzura y ese puntito de picante… dignos de ser contados.
El hummus de remolacha
Y mira que yo no soy de hummus. Lo he probado en varios sitios y, sinceramente, me sabía todo igual. Pero aquí me ofrecieron uno de remolacha, con chip de remolacha crujiente, crocante de zanahoria, semillas de calabaza y crackers artesanales.
No sé si era el contraste de texturas, el color fucsia tan alegre o qué, pero me lo comí calladita, como cuando mi madre me decía “come y calla”. ¡Qué cosa tan buena! Y encima saludable, que ya a mi edad también hay que cuidarse un poquito.
Después, me sirvieron unos picadillos de aguacate con granada y lima que eran suaves, refrescantes… ideales para sentarte al sol y sentir la brisa marina en la cara. Muy simples, pero con esa magia de los productos frescos.
Una hamburguesa con trufa
Mira, a mí eso de las hamburguesas me parecía cosa de jóvenes, pero aprendí una lección importante: todo depende de dónde la comas. Probé una hamburguesa de vaca, con salsa de trufa, cebolla caramelizada, setas salteadas y queso Emmental que me hizo cerrar los ojos.
La carne jugosa, el pan tierno, los sabores combinando… Me dieron ganas de levantarme y aplaudir, pero no quise hacer el ridículo. Aunque si lo hubiese hecho, bien valía la pena.
Y como buen acompañante, pedí unas patatas gajo con alioli suave y pimentón, que me recordaron mis veranos de infancia en el campo. Crujientes, tiernas, sabrosas… todo un detalle.
El foie gras más elegante que he probado
Y claro, como soy una señora de gustos clásicos, no podía irme sin probar algo más refinado. Pedí un medallón de foie gras a la plancha, sobre pan de especias, con higos, orejones y una salsa de naranja sanguina que parecía hecha por ángeles.
Fue como volver a París, donde estuve hace veinte años con mi marido. Pero con el sol de Canarias entrando por la ventana. Un momento bonito, de esos que guardas para siempre.
Después, para acompañar, me trajeron un coulis de frutas del bosque, que combinaba tan bien con el foie, que me sentí como en un restaurante elegante, sin pretensiones, pero con sabor.
Postres y dulces que enamoran
No todo es salado. Me atreví con un par de postres para dar fin a mis comidas:
- Tarta de queso de cabra con hinojo marino y frutos rojos, ligera, cremosa y con un puntito salado que me pareció una idea muy canaria.
- Helado de queso majorero (ese que hacen en Fuerteventura) con miel de palma. Una bola, una cucharada… y ya estaba pidiendo otra.
También probé una crujiente torrija de pan de masa madre, con helado de vainilla y un sorbete de naranja. Te lo juro: me sacó una sonrisa tan grande que el camarero se rio conmigo.
Consejos de turismo gastronómico para gente de mi edad
Y ahora te daré unos consejos de persona mayor, que siempre vienen bien:
- Camina ligera y descansa: es mejor visitar uno o dos sitios por día, disfrutar paseando, sentarte a tomar un café, que ir a mil sitios distintos.
- Pregunta y conversa: cada plato tiene su historia. Pregunta al camarero, o al cocinero si está cerca. A mí me contaron que las remolachas venían de una finca ecológica de la isla, recogidas esa misma mañana.
- Platos compartidos: si viajas con alguien, pedir varios y compartir da oportunidad de probar más cosas. Los sabores se multiplican.
- Horario español adaptado: en Canarias se cena más tarde. Yo cambio mi reloj mental y espero al menos hasta las 20:30 o 21:00 para la cena. ¡Y merece la pena!
- Hidratación y protección: el sol canario es intenso, aunque estés en la ciudad. Lleva sombrero, crema y una botella de agua.
Más rincones de la ciudad para seguir con el plan
Además de la comida, Las Palmas tiene mucho que ver y disfrutar. Yo te recomiendo:
- Vegueta, el casco antiguo. Calles empedradas, balcones de madera, iglesias preciosas… ideal para pasear por la mañana con un cortado.
- Triana, para tiendas artesanas, galerías, y paradas a media mañana para un bocado o un té. Me compré un pañuelo precioso que todavía me pongo.
- Playa de Las Canteras, larga, limpia, vibrante. Perfecta para un paseo con el mar a tu lado. Me senté con un helado y me reí viendo a las gaviotas pelear por las migas.
- Casa de Colón, museo tranquilo, lleno de historia y con un patio interior donde me senté a descansar y leer un ratito.
- Mirador de la Montaña de Gáldar: un poquito fuera de la ciudad, pero vale la pena subir en coche, disfrutar las vistas y detenerte en un bar rural para una copa de vino local.
Sabores de la isla para llevar a casa
Y ya que me conoces, no podía volver sin alguna cosa para recordar:
- Compré un tarro de mojo verde ecológico, para poner en mis papas en Pamplona, donde vivo.
- Un puñadito de almendras laminadas con sal de mar de la isla.
- Una botella de vino dulce de malvasía para esas sobremesas largas.
- Y un bote de mermelada de plátano canario que me enamoró en el desayuno.
Consejos extras y bebidas para acompañar
- No te vayas sin probar un ron miel de producción local. Dulce, suave, digestivo… pero ojo, que tiene su puntito.
- El barraquito, un café con licor, leche condensada y espuma… es un clásico que sientan de maravilla después de comer.
- Y si ves un bar pequeño y te ofrecen queso asado con mojo, no lo dudes: entra. Es sencillo, pero inolvidable.
- Pide un vino blanco de Lanzarote al atardecer. Fresquito, suave y con ese toque volcánico… ideal para picar algo con vistas.
Lo que me llevo de Las Palmas
Me llevo sabores, claro. Pero también me llevo olores, conversaciones, sonrisas. Un restaurante que me trató con un cariño que no se paga con dinero.
También me llevo la sensación de que viajar sigue siendo una maravilla, aunque ya no corra como antes. Que aún me emociono con una copa de vino frente al mar. Que una mousse bien hecha me puede hacer feliz. Que a los 67, la vida sigue teniendo muchos bocados dulces por delante.
Y tú, ¿a qué esperas para venir a probarlo?